
Esta escultura está en el Parque de Santa Margarita, en Coruña. No sé quien es el autor. Ni lo que quiso expresar.
Hace más de 20 años que la ví la primera vez, y me impactó. Paseo muy frecuentemente por el parque, pero procuro no mirarla. Porque me sigue produciendo tristeza.
Quizá en esta foto no se aprecian bien las figuras: hace viento, (se nota en las ropas), pero el hombre va desabrigado. Rodea a la mujer con su brazo protector. Caminan con dificultad y él se apoya en un bastón. Los nudillos deformes. Los rostros arrugados.
¿Huyen? ¿A donde van?
Vienen de seguir un largo camino de a dos, de compartir pérdidas, seres queridos que cuando se van nos dejan con el corazón vacío y las manos llenas de afectos.
Sé que la angustia, el miedo, la tristeza no son más de los viejos que del resto de las personas -solo tengo que mirarme a mí misma-
Pero cuando me pongo frente a esa escultura, y siento esa congoja, pienso que hay algo que tengo sin hacer:
Aprender a vivir, aprender a envejecer, aprender a morir.