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En algún tiempo el domingo tuvo magia, un aire de fiesta, una luz especial. ¿Cuando se convirtió en un dia tedioso? Hasta la vida pierde el paso, acostumbrada al ritmo rápido y marcado por el reloj de la semana. En la ciudad casi no queda gente: muchos se van, y otros se esconden en sus madrigueras.
Pero algunos domingos todavía me traen olor de empanadas calientes, de pastelitos en bandejas atadas con un cordón rojo para llevar de postre a casa de la suegra. Me huelen a gritos de niños en la plaza, a silencios de jóvenes durmiendo en habitaciones en penumbra. A mujeres mayores con peinado de peluquería caminando de vuelta de la iglesia. A pachangas de fútbol de tíos sudorosos en las playas. Huelen al vermut de las terrazas, a cine con palomitas.
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