sin pena ni gloria

unha emoción compartida
é un contrato íntimo
que vai máis alá das palabras

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Culpables

Publicado en 20 de Noviembre, 2007, 23:54. en ¿Y POR QUÉ ME CUENTAS TU VIDA?.
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Hoy estuve ocupada todo el día, pendiente de mi ombligo. Luego salí a hacer la compra. En la puerta del supermercado había una mujer con un letrero. Eso es lo que vi. Los indigentes forman parte del entorno, como el mobiliario urbano, son invisibles. Cuando pagué en la caja preparé unas monedas para darle a la salida. Me dijo: no me des dinero, dame comida, dame trabajo. Su tono era el que acostumbramos a oir en los que extienden la mano para pedir, pero había una inflexión de reproche. La miré a la cara directamente, por primera vez, deteniéndome en sus rasgos, en la expresión de sus ojos. Me dí cuenta entonces de que hasta ese momento no la había visto como "a una persona". Sentí vergüenza de mí misma. Entré de nuevo en el super para comprarle algo de comida. Hablamos.

Se llama Graciela, y tiene dos hijos con ella y uno más con su marido en Yugoslavia. El 25 tiene que pagar el sitio donde vive y no tiene dinero, se pregunta si el dueño la echará a la calle. También hace una semana que no tiene bombona de gas y una vecina le deja ir a cocinar allí, pero no  puede calentar agua para lavarse ni ella ni los niños.  Gracias por el pollo, pero dame trabajo, señora. Y sus ojos eran el jurado, y sus palabras una sentencia. Y yo me encontré explícándole mi falta de medios económicos para tener una empleada de hogar: era el alegato en mi defensa. Pero ya sabía que era culpable. Culpable de no  hacer nada. Culpable de no denunciar. Culpable de mirar para otro lado. Culpable de sentir como cosas de primera necesidad tener calefacción central, lavavajillas e internet en casa.
Ayúdame, señora. Y busqué una piedra debajo de la que meterme, quería escapar, volver a casa a preparar la cena, no puedo, pensaba, no puedo

Le dejé mi teléfono para que me llamara dentro de una semana -ella no tiene teléfono- Le prometí que preguntaría por ahí si necesitaban una chica para limpiar o para cuidar ancianos o niños... y la miraba con su pañuelo sobre la cabeza y su ropa ajada, y ya sabía que nadie que conozco le daría trabajo. Y ahora ella tiene un teléfono, y una esperanza. Y yo tengo una responsabilidad que no quiero tener. Todo queda entre nosotras.

Me dijo adiós cogiéndome una mano y me dedicó una sonrisa y una mirada confiada. Su voz es muy dulce y su mirada cariñosa.  Me siento mal.

Estuve mirando en internet asociaciones que están en contacto con los servicios sociales del ayuntamiento, y ongs. Mañana me acercaré aquí para ver si pueden darme alguna idea.

Yo solo quiero ahondar en las profundidades de mi ombligo! Si apenas tengo fuerzas para mantenerme yo misma a flote... ¿pero qué hago con su esperanza?