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Anuncios y batallitas

Publicado en 27 de Noviembre, 2007, 0:01. en ¿Y POR QUÉ ME CUENTAS TU VIDA?.
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Viendo un anuncio que ponen en la tele ultimamente, me acordé de una anécdota que viví durante el primer año de casada, y pensé que ya era hora de comenzar a hacer la lista de "batallitas" para contar a mis nietos, cuando los tenga.

Se trata del anuncio de puntomatic,  desenfadado y divertido. Y creo que está haciendo más que todos los discursos de políticos y feministas para concienciar a los hombres  -y a las mujeres- de que el trabajo de la casa es cosa de todos.

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Batallita nº 1: de los usos y costumbres domésticos a mediados de los 80 del pasado siglo.-
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"Hace muchos, muchos años, cuando vuestra abuelita, chicos, era una jovencita recién casada, ella y su marido, vuestro abuelo, vivían muy felices en un pequeño pisito que la abuela barría, fregaba y ordenaba todos los días cuando volvía de trabajar, no podía hacerlo antes, porque la abuelita tenía que madrugar para ir a trabajar a diario, igual que el abuelo. La abuelita también iba a la compra y cocinaba unas comidas que se le hacían muy complicadas porque la abuela no sabía cocinar tan bien como ahora. Mientras, el abuelo leía el periódico, veía el telediario, y preguntaba si faltaba mucho para la comida. La abuelita además ponía la lavadora con toda la ropa sucia, la suya y la del abuelito, y planchaba su ropa y también la ropa del abuelito, y la guardaba ordenada en el armario.
A la abuela no le gustaba nada planchar ni fregar ni cocinar, porque a ella esas cosas siempre se las había hecho su mamá, y no sabía que eran tan costosas. Así que todos los días le decía al abuelito que la ayudara un poco. Porque, en aquellos tiempos, chicos, los hombres no tenían costumbre de hacer ningún trabajo en la casa, y la gente lo encontraba normal. Cuando algun marido pasaba el aspirador, por ejemplo, su mujer le contaba a toooodas sus amigas que su marido era muy bueno porque "le" pasaba la aspiradora o "le" hacía la cama. La abuela se conformaba con que el abuelo "le" ayudase nada más, ni siquiera le pedía que se repartieran los trabajos a partes iguales; pero el abuelo no estaba dispuesto a lavar ni planchar su ropa, ni a fregar nunca los platos, ni a cocinar, ni a limpiar el cuarto de baño, porque decía que no sabía. Y cuando la abuela se enfadaba, él le decía que no se preocupara tanto, que "ya se haría". Pero nunca se hacía solo.
Así que la abuelita urdió un plan: se declararía en huelga de brazos caídos, cumpliría únicamente con los servicios mínimos: traer víveres a casa y poner algo de comida en la mesa, pero nada más. Y así, cuando el abuelo viese todo desordenado, que no quedaban platos limpios ni ninguna prenda para ponerse en el armario, se daría cuenta de que el trabajo de la casa era indispensable, mucho y constante, y haciéndose arrumaquitos harían juntos un planning repartiéndose las tareas para el resto de sus días que vivirían felices y comerían perdices -que desplumarían entre los dos- para siempre.
Comenzó el plan, y el primer día, al terminar la comida, mientras cogía su bolso para irse a trabajar le dijo al abuelo que le tocaba fregar los platos a él, porque ella ya había hecho la compra y la comida. El abuelo la miró desconcertado y le dijo que no tenía tiempo. Cuando volvío por la noche los platos estaban en el fregadero... sucios. Allí fueron a parar también los de la cena, y los del día siguiente, a los que se sumaron ollas y sartenes. A los tres o cuatro días los platos ya no cabían en el fregadero y se empezó a llenar la encimera. La ropa sucia sobresalía del cesto y todos los días se acostaban con la cama sin hacer, como había quedado cuando se levantaron. Pero la abuela se mantenía firme y cada día, después de comer, cogía su bolso para irse a trabajar, le daba un beso al abuelo y le sonreía mientras le retaba con la mirada. El abuelo le devolvía la mirada retadora, y así continuaban manteniendo ese pulso. Una tarde llegó vuestra abuela con la compra, y en el recibidor había unas cajas
- ¿Y estas cajas con tu ropa?
- Me dijo mi madre que le lleve mi ropa a lavar, ya que mi mujer no "me" la lava. -le respondió el abuelo-.
El abuelo que siempre me ganaba al ajedrez, había movido ficha, y vuestra abuela estaba en jaque. Pensando como podía contraatacar entró a dejar las bolsas en la cocina y, al entrar, comprendió que era jaque mate: encima de la mesa había docenas, docenas y docenas de platos, cubiertos y vasos de plástico, de usar y tirar.
La abuelita había perdido la partida.
¡Tiempos duros aquellos para las mujeres, chicos!"