sin pena ni gloria

unha emoción compartida
é un contrato íntimo
que vai máis alá das palabras

__

de color lila

Publicado en 16 de Junio, 2008, 14:42. en LENTES DE CONTACTO CON SU NEBLINA PROPIA.
Comentar | Comentarios (25) | Referencias (0)
Etiquetas:

Un día le puse una gotita del perfume de lilas que le regalé el año pasado por el dia de la madre en el pañuelo que nunca soltaba, con el que se limpiaba esa baba casi siempre imaginaria. Y noté que apoyaba el pañuelo en la almohada, cerca de la nariz y, probablemente, abandonaba el hospital en sueños y pasearía bajo el emparrado de lilas que hay en el parque de Santa Cristina, mirando de frente el mar azul.

Fue observando esa expresión como se me ocurrió todo. Ví con claridad lo que tenía que hacer y cómo y comencé a organizarlo con la misma emoción y cautela con que les preparaba las sorpresas de Papá Noel a mis hijos cuando eran pequeños. No resultó nada dificil, Fran se hizo una coleta muy peinadita y con la bata blanca y el fonendoscopio al cuello se le veía muy diferente a cuando viste su indumentaria heavy. Serio y circunspecto le explicó el cambio de equipo médico y como para aplicar la nueva medicación habría que esperar un par de semanas, así que se iría a casa mientras tanto y dejaria de protestar por la comida del hospital. Luego tendría que volver para aplicar el nuevo tratamiento bajo su supervisión. Ella asintió sin mucho interés, como si no lo entendiera o le fuera indiferente, pero yo estaba nervioso y muy excitado. 

Para recibirla en casa pinté de nuevo las paredes de su cuarto con la tonalidad de lila exacta que a ella le gustaba y no la que le dejaron los chapuzas de la casa de decoración. Fuí con Doracrís a comprar jarrones y ropa de cama nueva, para que me aconsejase, porque tengo unos gustos que los demás califican de extraños y, después de cambiar la orientación de la cama hacia la ventana, pusimos los dos floreros, el grande lo llené con lilas olorosas y en el otro, más pequeño, mezclé flores de muchos colores, para que le recordase el jardín que ella cultivó con esmero durante años.

La ambulancia la trajo casi al mediodía, cuando el sol llenaba de luz su cuarto, que olía a limpio y a lilas. No quise que la sentaran en la silla de ruedas y para que no se fatigase, la llevé en brazos con mucho cuidado, bromeando acerca de que parecía una novia, mientras la metía en la cama de edredón nuevo. Ella se recostó sobre los cojines blandos, reparando en el cambio de sentido de la cama y mirando con atención los jarrones y las flores, entonces se dió cuenta del cambio de color de la pared y me miró sorprendida. Aprovechó que le estaba colocando bien el cojín bajo la nuca para pasarme la mano por la cara en una fina caricia, mientras me miraba con tanto amor que tuve que hablar y hablar para no llorar.

Al principio, cuando les conté lo de mi tratamiento alternativo a sus amigos de siempre, encontré alguna resistencia, pero luego me apoyaron y alguno de ellos hasta con entusiasmo y venían a visitarla, casualmente en las  horas en que yo tenía que ausentarme, para no dejarla sola.

Me pasaba la mayor parte del tiempo en un sillón bajo la ventana, donde había habilitado un rinconcito para el portátil y los multimedia y, desde allí, en los ratos en que ella no dormía bajo el efecto de las pastillas, le iba enseñando en la pantalla grande fotografías de su colección: de cuando yo era pequeño y las cosas que hacíamos juntos, de sus viejas amistades cuando aún todos eran jóvenes, de cuando estuvo de vacaciones en Italia y en el desierto, del largo viaje que hizo en la autocaravana por toda Europa... y ella me iba diciendo, como si no me lo hubiese contado ya miles de veces, quien era quien y las repetidas anécdotas que, ahora, extrañamente, encontraba muy interesantes o graciosas.

También leíamos. Buscaba al azar entre sus libros viejos de poemas, Salinas, Pessoa, Rilke, Whitman, Pizarnik, Stormi, y cuando me encontraba páginas con manchas amarillas redondas como gotas, no me gustaba nada. Meterme en el mundo tan íntimo de mi madre me producía cierto desasosiego, como si ya hubiera muerto y yo estuviese recogiendo las gafas de su mesa, o retirando su ropa del armario... Pero después de comer siempre teníamos una sesión de lectura, que solía elegir yo, cuidadosamente, para transmitir alegría y vitalidad y que duraba hasta que se quedaba dormida.

Le compraba bombones exquisitos, frutas exóticas, pescados fresquísimos, y buscaba recetas apetitosas, porque cuando veía el plato en la bandeja se le iluminaban los ojos, aunque luego solo picoteaba un poco aquí y allá haciendo que comía, y escondía los bombones bajo la almohada para comerlos luego, como si temiera que se los fuesen a quitar. Un tiempo después me enteré de que se los daba a mi hija en secreto,  era su travesura compartida.

Cuando me di cuenta de que hacía un esfuerzo por comer solo por complacerme, quité la comida de nuestra lista de cosas para disfrutar juntos. Fué la primera cosa que taché y, en poco tiempo, la lista se fué reduciendo, hasta una última línea.

Esa tarde habíamos estado riéndonos de la moda de los 80, mirando fotografías en la pantalla y escuchando viejas canciones y al anochecer, cuando ya estaba cansada, le dí su pastilla para dormir, eché los visillos y le puse el disco de los sonidos de la naturaleza, ése con el que siempre le tomaba el pelo y que ella había usado durante años para relajarse, con los cantos de pájaros, el agua que corre y la brisa en los árboles. Saqué el estuche escondido, con la jeringuilla y el preparado, y lo hice todo tal como había aprendido. Procurando no despertarla, busqué la vena en su brazo y, cuando ya casi había terminado, entreabrió los ojos y me miró, creo que seguía medio dormida, pero tal vez fingía, porque cuando me tumbé a su lado y le hice un nido con mi brazo para su cabeza, ella se acomodó en él, sin extrañeza, como si fuese algo habitual, abandonándose confiada al sueño, con un leve gesto en las comisuras de los labios que recordaba una sonrisa de niña que sueña con mañana. Aunque para ella ya nunca más fué mañana.

 Lila de verano * Buddleja davidii por jacilluch